Economía

Desigualdad, tormento de los poderosos

Sábado 4 de octubre de 2014 | Edición del día

Las cuestiones de la desigualdad tomaron primera plana en la economía mundial. Su forma de manifestación adquiere dos facetas. Por un lado los índices divergentes de crecimiento de los distintos países que en el marco de la debilidad económica general, podrían generar tendencias disruptivas. Por el otro, la desigualdad social que en el sexto año de la crisis económica mundial se presenta a “cara lavada”, inundando las preocupaciones de un diverso arco de personajes que incluye desde académicos y economistas hasta al mismísimo Francisco.

Desincronías

Como se comentó en la columna de hace dos sábados, un cóctel de alta deuda, bajo crecimiento del PBI, caída de precios y bajos tipos de interés, es lo que reside tras la idea de que la economía estaría atravesando un período de estancamiento secular, según la definición de Larry Summers. Pero por debajo de esta combinación que describe un panorama general, los actores se mueven a distintas velocidades. Si las economías de Estados Unidos e Inglaterra se encuentran en un proceso de recuperación débil, si la economía China aún bajo estándares altos en comparación con la media, se enfrenta a un proceso de desaceleración, la economía japonesa pierde impulso, la economía europea en su conjunto se está sumergiendo en un nuevo período de recesión y la economía latinoamericana, aún con desigualdades, ingresa en un proceso de franca desaceleración con países como Argentina, Brasil y Venezuela en recesión abierta. Esta desigualdad cargada de contradicciones se expresa en políticas divergentes. Estados Unidos goza de un crecimiento relativamente fuerte si se lo compara con el resto de los países centrales aunque débil si se lo considera desde el punto de vista de los indicadores más importantes de la economía como la inversión y el empleo, como se explicó en la columna del sábado pasado. Si la debilidad está retrasando el aumento de las tasas de interés por parte de la Reserva Federal, por el contrario, la “fortaleza” -y el riesgo de una nueva burbuja-, preanuncian un posible aumento de los tipos de interés en un período cercano. El Banco de Inglaterra tendría la intención de tomar medidas similares. A la inversa, Japón decidió prorrogar los estímulos monetarios y China y el Banco Central Europeo (BCE), acaban de lanzar nuevos paquetes en similar sentido. La combinación de desigualdades, deuda en ascenso, crecimiento débil y medidas monetarias divergentes, junto con una serie de informes de la OCDE y la OMC, que –practicando un deporte habitual desde el inicio de la crisis- rebajaron las previsiones de crecimiento de la economía mundial y del comercio para este año, son el telón de fondo del denominado informe de Ginebra y los temores del FMI.

Informe de Ginebra, augurios de crisis global inminente

El Centro Internacional de Estudios Monetarios y Bancarios, encarga la elaboración del informe anual que se conoce como informe de Ginebra a economistas de alto nivel, incluyendo tres ex banqueros centrales. El documento sale a luz días antes de una reunión del FMI y en medio de temores crecientes de que el debilitamiento de la recuperación global coincida con la posibilidad de que la Reserva Federal comience a subir las tasas de interés el año próximo. El informe evalúa que el total de deuda mundial privada y pública, se elevó del 160% del PBI en 2001 a casi el 200% en 2009, saltando al 215% en 2013. Contrariamente a la creencia ampliamente sostenida, muestra que el mundo está lejos de haber comenzado a desapalancarse (desendeudarse) y que por el contrario, la deuda total como porcentaje del PBI, sigue creciendo rompiendo un nuevo récord. Señala que aún cuando la carga del sector financiero disminuyó -sobre todo en Estados Unidos- y las deudas de los hogares dejaron de aumentar como proporción de los ingresos en las economías avanzadas, su contracara es el rápido aumento de la deuda del sector público en los países ricos y la deuda privada en los mercados emergentes, en particular china. Advierte que en un contexto de "combinación venenosa de alta y creciente deuda global y debilitamiento del PBI nominal, impulsado tanto por la desaceleración del crecimiento real como por la caída de la inflación", la economía mundial “podría estar dirigiéndose hacia una nueva crisis” (Financial Times). El informe machaca además sobre la necesidad de que las tasas de interés permanezcan bajas por un “muy, muy largo tiempo”.

La posibilidad de que la FED decida finalmente elevar las tasas de interés que atormenta a los banqueros, plantea fundamentalmente dos riesgos. El primero es, como advierte el FMI, que “medidas monetarias divergentes puedan provocar desequilibrios en los flujos de capital internacionales y en los costos de financiación”, léase, riesgo de nueva crisis financiera. Sólo por dar un ejemplo, Brasil podría ser una víctima inmediata. Esto en el marco de una deuda creciente que al caer el producto se incrementa en términos relativos y una tasa de interés en ascenso que una inflación descendente hace cada vez más caro el pago de las deudas. El segundo aspecto, consiste en que los elementos de debilidad estructural de la economía norteamericana se vuelvan predominantes, reduciéndose las desigualdades e instalándose a nivel mundial tendencias a la concordancia del crecimiento débil, cercano al estancamiento, al estilo de Japón en los años ’90.

Economía de la desigualdad

Ya sea desde el ámbito de la academia (el economista francés Piketty), desde la economía política (Stiglitz) o directamente desde la política (Bergoglio), el incremento de las desigualdades sociales, emerge como una preocupación en tanto “amenaza para la democracia”. Recientemente en una editorial del periódico financiero inglés Financial Times, el columnista Martin Wolf, se suma a las preocupaciones. El columnista hace referencia a un informe de Standard and Poor’s y otro de Morgan Stanley –ninguno de las cuales, como dice, podrían se acusados de socialismo- en los que se sindica que en Estados Unidos, la desigualdad no sólo está aumentando sino que derrama efectos perjudiciales sobre la economía. Señala Wolf que según la propia FED, el 3% superior de la sociedad norteamericana percibió el 30,5% de los ingresos totales mientras el 7% siguiente percibió sólo el 16,8% en 2013. Con lo cual queda menos del 50% del ingreso total para repartir entre el 90% restante de la población. El estudio de Morgan Stanley enumera entre las causas de la desigualdad, la creciente proporción de empleos mal pagados, poco calificados e inseguros y el hecho de que las políticas fiscales son menos distributivas de lo que eran hace una década. Según la OCDE y como reproduce Martin Wolf, en 2012, los Estados Unidos ocuparon el primer lugar de salarios relativamente mal pagos entre los países de altos ingresos. Las políticas de la Reserva Federal beneficiaron claramente a los más ricos incrementando los precios de los activos de su propiedad y los aumentos relativos de los ingresos de los ejecutivos adquirieron mucho peso en el cambio conjunto de la distribución entre trabajo y capital. Una de las concusiones que se desprende es que una distribución del ingreso crecientemente regresiva está afectando a la demanda.

Mientras en el período previo a la crisis muchos de quienes no disfrutaban del aumento de sus ingresos accedían al consumo mediante el crédito que se basaba en el elevado precio de la vivienda, desde 2007 cuando la deuda alcanzó el 135% de los ingresos disponibles, el precio de la vivienda comenzó a caer y se incrementó la tasa de interés, este mecanismo llegó a su fin. Las personas con bajos ingresos y altas deudas se vieron obligadas a consumir menos. Según Wolf esto sugiere que la economía no volverá a crecer vigorosamente sin una redistribución del ingreso hacia los consumidores o sin la aparición de una nueva fuente de demanda. El gasto público se ve limitado y la inversión empresarial se frena por el débil crecimiento potencial de la demanda y un incremento de las exportaciones netas, es poco probable. No es por la democracia en sí misma por lo que temen académicos y políticos, es por el peligro que esta situación entraña tanto para la producción, como para la reproducción y acumulación del capital para el cual, como se sabe, la democracia es la “mejor envoltura”.

Convergencia de desigualdades

Ambas desigualdades convergen. Las desigualdades del crecimiento económico entre los distintos países se agregan como obstáculo adicional a una situación general de crecimiento endémicamente débil, poniendo en escena incluso el riesgo de nuevos estallidos financieros. A su vez el incremento de las desigualdades sociales y las limitantes al crédito al consumo que sólo en parte maquilló la miseria durante los años de restauración neoliberal, se agrega como otro factor que restringe el desarrollo de la demanda y por lo tanto frena la expansión capitalista. Además el incremento de la desigualdad guarda otro aspecto de riesgo para el capital. Piketty dice bien que la norma bajo el capitalismo es la desigualdad y que sólo tras dos guerras mundiales y una crisis catastrófica, el 40% que se ubica entre el 10% más rico y el 50% más pobre, logró acceder a una vivienda en los principales países capitalistas. Esta generosidad del capital se esfumó bajo los años neoliberales. En el período actual se pone de manifiesto de manera abierta, creando las condiciones materiales para la convergencia de los intereses de las clases obreras y sectores pobres de los países centrales, atrasados y dependientes. No es la salud de la democracia lo que los atormenta.







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