Cultura

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Mujercitas, el sonido de la pluma sobre el papel

Crónica sobre el film dirigido por Greta Gerwig, que ganó el Premio Óscar al mejor diseño de vestuario en la última ceremonia.

Carina A. Brzozowski

Agrupación Bordó Leo Norniella en Alimentación

Miércoles 19 de febrero | 12:42

Fui sola al cine a encontrarme con ellas. Hice sola las cosas que siempre hago acompañada: retirar las entradas, comprar algo para comer. (Me sentí mareada con tantos nombres para designar un tipo de café.) Finalmente un cortado y un alfajor de chocolate me acompañaron a la sala.

Jo corría por la ciudad con un abrigo largo, desgreñada, le brillaban los ojos, la mirada en el instante único de la creación, es el momento en que sabés que lo que escribiste, te gustó y querés mostrarlo. Jo corría en la pantalla, yo había visto esa escena muchos años antes, cuarenta y pico de años antes, cuando leí Mujercitas por primera vez. Llegó a mis manos el libro de la mano de mi tía Zule, no recuerdo si para un día del niño. Pasaron muchos años, algunos recuerdos se van borrando.

Jo escribe con una pluma que va haciendo un leve sonido al deslizarse por el papel, sus dedos están manchados de tinta, presenta sus cuentos en un periódico diciendo que son de una amiga, esconde sus manos, pero igual el dueño del periódico se da
cuenta de que son de ella.

Mi alfajor se va terminando, siento en el pecho un remolino, la respiración se agita, son lágrimas, afloran cuando le dicen a Jo que le van a pagar por lo que le publiquen. Siempre Jo, tan feminista, tan liberal, preocupada por sus hermanas, sin adornos, alta y a cara lavada, inquieta, apasionada. Siempre Jo. Mi preferida de las cuatro hermanas March.

Le dice al dueño del periódico que está trabajando en una novela, a lo que él le responde que se asegure que la protagonista se case al final, porque eso vende. Es una gran tarea para ella, escribir la novela y escribir a la vez su destino, cómo deberá plantarse ella como escritora en el mundo.

“Intento hacer mi propio camino en el mundo”- le dice a su millonaria tía March, a lo que su tía le responde: “Nadie hace su propio camino, mucho menos una mujer, necesitas casarte”

Jo le cuestiona que ella no está casada, y la tía le responde lo que ya Jo se imaginaba, un imposible, algo que tampoco sucede en sus pensamientos: “Bueno, es porque soy rica”.

Mi café iba por la mitad, lo estaba disfrutando como si fuera el mejor café del mundo. Es que en la pantalla las estaba viendo reír, caminando a las cuatro con sus cestas de alimentos para los pobres, sus vestidos. Leí tantas veces la historia que podía imaginar los colores, sus peinados, sus zapatos, el piano y la dulzura de Beth.

Y Jo, llorando, pensando que sus escritos no sirven, desalentada, aturdida. Su historia no dista mucho de las de cualquier chica que escribe y quiere abrirse paso por el mundillo editorial.

Otra vez el siseo de la pluma deslizándose por el papel, es mágico, un rompecabezas de páginas sobre el piso de madera, la escritora va armando su historia no sólo semántica sino también geográficamente. Largos pasos va dando por la habitación, tan alta, el vuelo de su falda es un pájaro oscuro explorando los capítulos de su historia, un vuelo apacible por momentos, enloquecido después, buscando reflejar a su familia, sus sentimientos, su posición frente al mundo en esas hojas desparramadas. Sus hermanas están allí, las pérdidas, los deseos.

El arte, el matrimonio, las inquietudes de una jovencita frente al amor son reflexiones que se permite incluir en esta versión de Mujercitas, su directora Greta Gerwig, en homenaje a su autora, Louise May Alcott, cuya vida, su carrera literaria se ve reflejada en el personaje de Josephine March.

“Para las chicas de los libros es más fácil” dice en un momento Jo, en un debate frente a vicisitudes de la vida. Muchos de estos guiños pueden verse a través de todo el guión.

Mujercitas me viene a la cabeza siempre, de muchas maneras, todas las historias que he leído después, siempre me hacían volver a ellas, leyendo junto a su madre, al lado de una chimenea encendida. En casa no teníamos chimenea ni mucho menos, tampoco tuve el calor, el roce de los vestidos de cuatro hermanas. No tengo hermanas, ni hermanos. Ellas eran la compañía perfecta.

Seguía disfrutando de mi café, a sorbitos, ya casi frío, llorando, con ruido, como quien dice, estallada en llano. Los pasos de las mujercitas en el piso de madera de esa casa en un pueblo de Massachusetts yo ya lo había oído en mis lecturas. Ahora aparecía en mis oídos junto con las imágenes, las risas de ellas. Era el día de los enamorados.

Me sentí enamorada de esta historia, me sentí enamorada de mi gusto por la literatura, enamorada de la vidriera de una librería famosa de San Martín, donde me quedaba paradita mirando y mi papá me decía ya te voy a comprar uno cuando tenga plata. Quería tener toda esa colección de libros de tapas rojas, sólo tuve tres: “Mujercitas”, “Una chica a la antigua” y “Bajo las lilas”.

Este es el periódico para que el que escribe la Jo que llevo adentro, y por este medio agradezco enormemente a la férrea voluntad de mi papá, que era un carpintero de muy pocos recursos, que siempre separaba unos pesos para comprarme algún libro, o suplementos en los quioscos de diarios y a mi tía Zule que me trajo Mujercitas.

Hubo varias versiones de esta bella historia en cine, nunca vi una con tanto gusto como a esta, con Meryl Streep en el papel de la tía March, Saorsise Ronan, impecable en el papel de Jo y nominada al Oscar como Mejor Actriz, Laura Dern, en el papel de Marmee March, la mamá de las Mujercitas, ganadora al Oscar como Mejor Actriz de reparto en "Historia de un matrimonio", Emma Watson, brillante en el papel de Meg, como mis preferidas y destacadas. También hermosas en el pepel de Amy, la actriz Florence Pugh, y como Beth, la dulce Beth, la actriz Eliza Scanlen.

Hubo aplausos al final, hubo risas de chicas jóvenes y no tan jóvenes, como yo. Soñé esa noche con Jo corriendo por calles imposibles con sus escritos debajo del brazo. Se le caían en la vereda y al levantarlos, una cámara salida de vaya a saber dónde, me mostró mis manos en lugar de las de Jo, y era mi mejilla la que temblaba de ansiedad, porque estaba llegando al periódico a entregar mi trabajo.

Desperté, siempre despierto. Por suerte existió un Mujercitas hace más de cuarenta años y una inquieta Jo metida entre mis venas.







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