Cultura

EL TELESCOPIO

Sesenta días

Necesitaba de más gente como ella, que estuviera dispuesta a pelearla. Tenía que ir a buscarla, a la ciudad, lejos. Tenia razón. Nada podía resolverse en soledad.

Viernes 17 de enero | 10:04

Se había tornado mucho más aguda la situación en Buenos Aires y en el mundo. Habían pasado pocas semanas, casi un mes de la noche del cajero. La noche en que la secuestraron a la salida de la fábrica. Solo se lo había contado a Fede y Mara, que eran sus compañeros mas fieles en la fábrica y por ende, sus mejores amigos. Fueron ellos quienes le dieron el último empujoncito para que se fuera de la ciudad, cuando ella aún estaba conmovida por el hecho.

El país estaba en llamas. La crísis y el hambre habian llegado a Chile y Uruguay. Sus calles tambien empezaban a mostrar a la sociedad enfrentada entre quienes más tenían y a quienes se les robaba cada vez más.
Ella tuvo que irse de la ciudad. Por más que quisiera, no podía quedarse.

No pasaba noche en que no soñara con fragmentos de aquel secuestro. No podía seguir su vida normal después de aquel episodio, y si bien nunca tuvo ninguna amenaza tras la fuga ni tampoco supo nada sobre el muchacho que la habia ayudado a escapar de sus captores, necesitaba abandonar la ciudad.

Sus compañeros de fábrica no se opusieron a esa decisión que habia puesto previamente a debate, sin contar los hechos reales antes de presentar la renuncia. Tenia que irse aunque supiera muy bien que esos secuestradores no la seguían a ella. Estaba convencida que lo seguian a él ¿Quén era ese tipo? No se ocupaba de pensar mucho en eso, pero la pregunta cada tanto renacía. ¿Porque habrian de seguirlo?

En fin, tenia que irse y así lo hizo.
Recordó a una prima lejana que vivia al norte de Corrientes, en un paraje cercano a Santo Tomé. Ella era prima de unos tíos por parte de padre que Juana nunca había conocido. A ella la conoció en un casamiento, de niñas, luego la visitó cuando viajó a conocer las Cataratas del Iguazú y quedaron muy amigas manteniendo su relación a traves de las redes sociales.

Lucrecia le ofreció el ranchito que habia sido de un tío alcohólico de su prima, que había muerto a raiz de una puñalada en una pelea en un baile, hacía más de 4 años. "Siempre pasan esas cosas", le dijo para calmar el asombro de Juana. Y era verdad, cualquier hecho era motivo y excusa para descargar la ira en una pelea, que muchas veces, como aquella, era a muerte.

La miseria extrema hacia de la vida algo muy poco valioso y muchas veces en una vehemente disputa. Eso le contó Lucrecia, que conocía de primera manos los hechos, cada vez que ocurría algun hecho aberrante en las cercanías de esos pagos, en los que vivió parte de su infancia.
"El tío Timba", como le decia Lucrecia, "había vivido solo desde la muerte de la tía Silvia" en aquel ranchito y no hizo más que beber cada día más. Cuando salía, era común que lo hiciera solo y con ánimos de pelear. Así es como terminó sus días con un cuchillo ensartado en su bazo. Nunca llamó tanto la atención como después de muerto. Y esa popularidad se la debía a la casa.

La casa había quedado deshabitada, no tanto por lo rústica y escasa de comodidades sino también porque se decía que en su interior habitaba un espíritu celoso de su hogar que atormentaría a quien se acercara a la casa. Así es como nadie quería habitar la casa, mientras profundizaban sus seudo investigaciones sobre la vida del difunto ex habitante.

"Más terror que el que pasé en aquel auto no creo que sienta en esta casa desolada", pensó, completamente escéptica de aquellas historias de espíritus que apasionaban a quienes las contaban en los alrededores del paraje.
Lucrecia vivía en Posadas y en los dos meses que estuvo ahí, viajó dos veces a visitarla llevándole víveres y diarios. Fueron visitas bastante fugaces.

Pasaban los días y ella comenzó a sentir un malestar progresivo. Estaba enloqueciendo o no sabía bien qué pasaba, pero su vida se habia tornado aburrida, monótona y lo único que la acompañaban eran los pensamientos paranoides, el miedo, las pesadillas, y una extraña sensación de vulnerabilidad y a la vez de derrota.

Esos dos meses se habían hecho eternos y un día, decidió que debia marcharse. Buscar alguna ciudad. Brasil, no. El idioma le iba a hacer dificil comunicarse y ella necesitaba eso, relacionarse con mas personas.
"Asunción", dijo en voz alta. Decidió viajar a Paraguay.
"No me voy a rendir", pensaba.

Los sueños que la desvelaban, sus compañeras y amigos de la fábrica, aquel muchacho misterioso y su rostro que aparecía de manera difusa, se entremezclaban con las pocas noticias del "mundo real" que cada tanto le llegaban, ya que en lugar donde se encontraba parecía de otra dimensión, otra realidad. O de otra época pero con retazos de la actualidad, como si fueran remiendos en la ropa, o salpicaduras de pintura fresca sobre una pelicula de 1920, a color, que no para de rodar.

La vegetación del monte que atravesaba para ir a comprar víveres al polirubro de la estación de servicio en la ruta, le recordó aquella noticia que vió sobre los incendios en Australia, la cantidade de especies que iban desapareciendo por la rapacidad de quienes nunca pierden. Los patrones...
Recordó aquello que habia aprendido con sus compañeros de trabajo y le resonaba una sola palabra: Rapacidad. Ellos vivian a fuerza de rapacidad, muy cómodos y hacian un despilfarro de todo, para destruirlo si era necesario, por un poquito más de algo, que luego seria cantidad de basura.

Y para nosotros cada vez menos, para nosotros la muerte, la extinción, la miseria, el dolor. Si total ellos tendrán sus parcelas en otro planeta, para seguir aprovechándose de todo lo que tienen a su alcance para mantenerse vitales, aplastándolo todo, Todo eso se lo vienen apropiando hace tiempo, para continuar con su despilfarro y permanente destrucción del universo.

Si, sus pensamientos se iban muy lejos, y por momentos por rutas siniestras, hasta que frenó, miró detenidamente las mariposas sobrevolando el monte de distintas tonalidades de verde, el ruido de los monos, de pájaros que ella desconocía y que sin embargo, le resultaba agradable oirlo cantar, mientras se acercaba a la ruta convencida de que no habia marcha atras.

Necesitaba de más gente como ella, que estuviera dispuesta a pelearla. Tenía que ir a buscarla, a la ciudad, lejos. Tenia razón. Nada podía resolverse en soledad.
Quizás le resultaría mejor, incluso recluirse en la inmensidad de la urbe y sumergirse así en la pelea por dar vuelta todo. Tenía que haber gente como ella, penso.

Sonrió y apuró el paso."No podia seguir sola." Seguía sonriendo.
Si decidía no rendirse debía dejar atrás esa soledad que alimentaban sus miedos más profundos. Debía actuar,sí, pero no sola. Por eso decidió marcharse cuanto antes a Paraguay y llegar a la ciudad.

Fue aquella tarde, en esa caminata de dos horas hasta la ruta, que la idea de seguir peleando la llenó de energía y dejó de sentir miedo. Llegó a la casa, con las velas, el arroz y las verduras que había comprado. Juntó las cosas para arrancar a la mañana siguiente mientras se cocinaba el guiso. Cenó mirando las estrellas y luego durmió plácidamente, como nunca en esos ultimos 60 días de vida campestre.







Temas relacionados

El Telescopio   /    Relato   /    Provincia de Buenos Aires   /    La Plata, Berisso y Ensenada   /    Cultura

Comentarios

DEJAR COMENTARIO